Europa acelera el paso en la nueva carrera espacial

Europa acelera el paso en la nueva carrera espacial

Mientras el interés comercial y militar por el espacio se multiplica, Europa intenta que la nueva carrera espacial no se convierta en una competencia entre Estados Unidos, China y SpaceX con el continente europeo mirando desde la tribuna.

La reciente reunión ministerial de la Agencia Espacial Europea (ESA) en Bremen, donde los países miembros acordaron un presupuesto de 22,1 mil millones de euros para los próximos tres años, fue un primer gesto concreto de ese cambio de ritmo. El aumento ronda el 30% frente al periodo anterior y se alinea con el mensaje que viene repitiendo el director general de la ESA, Josef Aschbacher, cuando advierte que Europa corre el riesgo de quedarse atrás si no invierte con otra escala.

El contexto global no deja mucho margen para la complacencia. Estudios realizados por Roland Berger junto con la federación industrial alemana BDI estiman que el mercado espacial pasará de cerca de quinientos mil millones de euros actuales a unos dos billones de euros en 2040, con una tasa de crecimiento cercana al nueve por ciento anual. Son cifras que combinan gasto público en programas científicos y de defensa con la expansión de servicios que dependen de la infraestructura en órbita, desde comunicaciones y observación de la Tierra hasta navegación y logística.

En ese tablero, el gobierno de Estados Unidos destina alrededor de ochenta mil millones de dólares al año al espacio, mientras que el esfuerzo europeo total ronda los diez mil millones, lo que explica buena parte de la brecha tecnológica y de escala con respecto a actores como SpaceX.

En los últimos cinco años Europa empezó a mejorar su desempeño en la economía del espacio. De acuerdo con los informes de la propia ESA sobre inversión privada, la porción de capital global dirigido a emprendimientos espaciales europeos pasó de apenas 3% en 2019 a 22% en 2024, con startups que recaudaron más de mil quinientos millones de euros solo el año pasado, un incremento de 56% frente a 2023.

La agencia también cerró acuerdos con decenas de inversores institucionales y fondos de capital de riesgo, una señal de que el ecosistema comienza a madurar más allá de los contratos tradicionales con grandes contratistas.

Alemania se ubicó al frente de esa apuesta. El gobierno de Berlín aprobó su primera estrategia espacial nacional y se comprometió a destinar treinta y cinco mil millones de euros a capacidades espaciales militares hacia 2030, con el objetivo de consolidar un polo industrial que ya reúne a varias startups y fabricantes de lanzadores.

Isar Aerospace, la compañía con sede cerca de Múnich que desarrolla cohetes para colocar satélites en órbita baja, sufrió un despegue fallido en Noruega a los pocos segundos de vuelo, pero capitalizó la misión como banco de pruebas para un nuevo intento en los próximos meses. Ese tipo de proyectos expresa el giro europeo hacia un enfoque más emprendedor, aun a costa de aceptar errores en público.

Francia se mueve en la misma dirección. Presentó su propia estrategia espacial y se ubicó en el centro de una jugada que puede redefinir el mapa industrial del continente. Airbus, Thales y Leonardo firmaron un memorando de entendimiento para fusionar sus actividades espaciales en una nueva empresa conjunta, inspirada en el modelo de MBDA, el consorcio europeo de misiles que las mismas compañías impulsaron a comienzos de siglo.

La futura compañía integrará fabricación de satélites, sistemas de tierra, servicios de navegación e inteligencia, con unos veinticinco mil empleados y una facturación anual estimada en seis mil quinientos millones de euros, lo que la convertiría en un campeón europeo capaz de negociar de otra manera frente a gigantes estadounidenses y chinos.

Detrás de estas decisiones aparece una preocupación recurrente en los debates europeos sobre seguridad y autonomía estratégica. La guerra en Ucrania dejó al descubierto la dependencia del continente con respecto a Starlink, la constelación de internet satelital de SpaceX, que se transformó en una pieza crítica de las comunicaciones militares y civiles en el frente. La Comisión Europea ya planteó la necesidad de financiar alternativas proporcionadas por operadores europeos y de reducir la exposición a decisiones unilaterales de proveedores extranjeros.

Por ahora, las alternativas no alcanzan la misma escala. Eutelsat, a través de OneWeb, ofrece servicios de banda ancha en órbita baja y opera también sobre territorio ucraniano, con apoyo financiero alemán, pero sus costos y capacidad no pueden competir con una constelación que supera ampliamente los nueve mil satélites en funcionamiento.

En este escenario se inscribe Iris dos, el programa de conectividad segura impulsado por la Unión Europea. El proyecto prevé una constelación multiórbita de unos doscientos noventa satélites y una inversión total de diez mil seiscientos millones de euros mediante un esquema de asociación público-privado, con entrada en operación hacia el final de la década. Además de competir con Starlink, se deben asegurar servicios críticos para gobiernos, fuerzas armadas y usuarios en zonas sin cobertura terrestre.

Europa tampoco parte desde cero en términos de capacidades propias. Programas como Copernicus, la mayor iniciativa civil de observación de la Tierra, y Galileo, el sistema de navegación satelital europeo, se consolidaron como referencias globales y ofrecen mayor precisión que el GPS estadounidense en aplicaciones civiles. Son ejemplos de cómo un esfuerzo sostenido en el tiempo puede traducirse en infraestructura estratégica que luego sirve de base para nuevos servicios comerciales, desde agricultura de precisión hasta monitoreo ambiental y gestión de emergencias.

La incógnita pasa por saber si el conjunto de decisiones recientes bastará para cambiar la trayectoria. El aumento del presupuesto de la ESA, la mejora en la atracción de capital privado, las nuevas estrategias nacionales y el intento de consolidar a Airbus, Thales y Leonardo en un solo jugador apuntan en la dirección de una Europa más integrada y menos fragmentada en el espacio. Sin embargo, la competencia no se queda quieta y la velocidad importa. Estados Unidos combina inversión pública masiva con un ecosistema privado que ya demostró su capacidad para lanzar miles de satélites a bajo costo, mientras China avanza con sus propias constelaciones y programas de exploración.

Para América Latina, el movimiento europeo abre una ventana de oportunidades y también de dilemas. Una Europa más fuerte en la economía del espacio puede convertirse en un socio tecnológico y comercial para la región, con alternativas en conectividad, observación de la Tierra y navegación que reduzcan la dependencia de un único proveedor. Al mismo tiempo, la fragmentación regulatoria y la competencia entre estándares pueden trasladarse a mercados emergentes que buscan cerrar sus brechas de infraestructura digital. Seguir de cerca cómo se reorganiza el tablero europeo será clave para quienes piensan el lugar de la región en esta nueva carrera espacial.

Fuente: LatamSpace

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