2026, el año en que la exploración debe probar que funciona

2026, el año en que la exploración debe probar que funciona

2026 pone a prueba lo que ya está diseñado: vuelos tripulados fuera de órbita baja, reabastecimiento en el espacio y misiones lunares y marcianas con logística real, no promesas

En 2026 la conversación cambia de “cuándo” a “cómo” y “con qué margen”. La misión que concentra esa validación es Artemis II, prevista para no más tarde que abril de 2026, con un vuelo de unos 10 días alrededor de la Luna y regreso a la Tierra. Más que un viaje simbólico, sirve para certificar operación humana sostenida fuera de la magnetosfera, con Orion y SLS funcionando como sistema integrado. Ahí se revisan soporte vital, comunicaciones, navegación, gestión térmica y exposición a radiación en el entorno de espacio profundo. Una “trayectoria de retorno libre” es un recorrido que usa la gravedad Tierra-Luna para volver sin maniobras mayores de propulsión. Si esto sale bien, lo que queda por delante es repetirlo más lejos, por más tiempo y con más carga.

La otra gran prueba es logística: mover combustible en órbita para que las masas útiles crezcan sin disparar costos. NASA ya lo tiene como tecnología habilitante para su arquitectura lunar con Starship, con ensayos de larga duración en órbita y una prueba de transferencia de propelente a gran escala entre vehículos en LEO. En simple: dos naves se acoplan, estabilizan su actitud y usan presión, válvulas y líneas criogénicas para pasar metano y oxígeno sin que hiervan ni queden atrapados como gas. El reto real es repetibilidad: sensores, control automático, gestión de “sloshing” y procedimientos de seguridad para que el reabastecimiento deje de ser experimento y pase a rutina.

En órbita baja, 2026 también mide resiliencia. NASA y Boeing apuntan a volar Starliner-1 sin tripulación y no antes de abril de 2026, para validar en vuelo mejoras del sistema tras su misión de prueba y avanzar a la certificación. Esa certificación importa por un motivo práctico: redundancia disímil, es decir, dos sistemas capaces de llevar tripulación a la ISS por rutas tecnológicas distintas, para reducir paradas de acceso ante fallas. El enfoque es operacional: pruebas de propulsión, verificación de desempeño, planificación de rotaciones y compatibilidad con necesidades de estación hasta 2030. La industria mira este punto como seguro de continuidad, no como competencia comercial.

Fuera de Estados Unidos, 2026 sostiene el pulso de superficie y ciencia. CNSA mantiene a Chang’e 7 con lanzamiento alrededor de 2026 hacia el polo sur lunar, una zona prioritaria por volátiles como agua helada, clave para ISRU, uso de recursos in situ, que es producir agua, oxígeno o combustible con material local. Japón, por su parte, planifica MMX para el año fiscal 2026, con retorno de muestras en 2031 desde Fobos, para resolver si las lunas de Marte son captura o material eyectado. India llega con Gaganyaan en fase de human-rating, con objetivo de primera misión tripulada hacia 2027; 2026 queda como ventana de ensayos y certificaciones previas. Todo esto habilita una economía cislunar más seria, con límites claros: seguridad, ritmo de pruebas y madurez de operaciones repetibles.

Fuente: LatamSpacxe

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